Una crónica de
Alia Trabucco Zerán, desde Nueva York
Hay tantas versiones de un mismo espacio como miradas, como pestañeos intermitentes que acaban haciendo de la vida un fotograma cuadro a cuadro, imperceptible. Cada imagen es una versión de nosotros mismos que desaparece.
Lo que veo no es necesariamente lo esencial, pero sí es el comienzo. Se suceden las siluetas entrecortadas, las texturas que llaman a un movimiento rápido de mis manos. Si cada ciudad tuviera una sola forma, se impondría en este escenario la geometría implacable de las líneas rectas, de los ángulos en punta, agresivos, que pretenden incluso atravesar las nubes. Pero luego, un poco más allá, la redondez imperfecta de los árboles me recuerda la belleza del contraste y lo banal de una abstracción.
La mirada sólo ofrece un bosquejo indefinido de este lugar. Son los rostros los que colorean, los que precisan, los que desentonan y a la vez construyen esta atmósfera irreal, dejando estelas de colores al pasar. La arcilla del sur, el color de la sombra de la luna, un brillo que encandila, un oliva preciso, un amarillo solar. Cada gesto guarda un secreto, grita en silencio alguna historia interrumpida. Me encaran cientos de relatos desconocidos. Pienso que esta ciudad ha vivido tanto más que yo.


















Ugh, I liked! So clear and positively.
Robor